CONSAGRACIÓN

                                                                                           

          El término "consagración" deriva del latín "consacrare", es decir hacer sagrado. En sentido más amplio el término "sacro" significa aquello que pertenece a un orden de cosas reservadas, inviolables, aquello que debe ser objeto de respeto religioso por parte del creyente; y enseguida viene afirmado que "sacro" de manera plena y prioritario se dice de Dios; de las cosas en cambio lo decimos por la relación que tienen con Dios, o porque significan, facilitan o efectúan su presencia.

La palabra "consagración" designa un acto que une a Dios mediante un vínculo estrecho de hacer que esta persona o cosa sea reservada al Señor. Ahora tratándose de una persona decimos: Dios escoge, y a esta iniciativa de Dios es necesaria la aportación del hombre; por lo tanto ser consagrados comporta el encuentro y la convergencia de dos voluntades: aquella de Dios que llama, se ofrece y pide tomar posesión del hombre; y aquella del hombre que responde donándose. El resultado es que el hombre que se encuentra poseído por Dios es destinado a hacer de toda su vida un acto de culto y de alabanza a Dios.

La llamada fundamental y más esencial es la bautismal y por ella Dios hace al hombre "suyo" para hacerlo hijo en el Hijo, asimilándolo y transformándolo plenamente en Él. Porque la Iglesia no es otra cosa que el conjunto de aquellos que, tomados por Cristo y en Él inseridos, participan y viven "de Su misma vida, ella es, un pueblo que Dios consagra para Sí."(L.G.9). La Iglesia por lo tanto es una comunidad  de índole sacra; pero algunos de sus miembros son llamados a encarnar de manera específica algún aspecto particular de la sacralización eclesial. Es necesario subrayar que esta nueva "consagración", si bien fundándose sobre la bautismal, difiere esencialmente a aquella que es común a todos los fieles. (L.G.10).

Mirando a la Constitución (L.G.Nº44) se puede resumir de la siguiente manera: la vida religiosa es un rendirse incondicionalmente al amor de Dios, un darse totalmente a Él, dedicarse plenamente a su servicio. La vida religiosa es, antes que nada, amor de Dios, búsqueda de Dios, encuentro con Dios. Este es su movimiento primario, absolutamente fundamental. El fin de esta "consagración" y empeño radical a vivir "por Dios sólo" es, como dice el Concilio, el servicio y el honor de Dios, es decir su glorificación suprema. Es precisamente a través de la santificación personal que se realiza la gloria de Dios, es decir empeñándose a ser santos, haciendo  resplandecer Su potencia, Su bondad, Su misericordia en medio del mundo.(PO2).

El primer y fundamental servicio de la vida religiosa es aquél de ser testimonios y los verdaderos testimonios no tienen necesidad de exhortar; ellos no tienen más que existir: su existencia es una llamada de atención

 

                                               

                                                            una Adoratriz durante el Rito de la Profesión Solemne   

 

La Consagración Religiosa se verifica en la Profesión en el momento en el cual se emiten los Votos; esto demuestra como entre Consagración y Votos existe un nexo inseparable: no hay Consagración sin Votos - los Votos religiosos comportan una Consagración.

Profesar los Consejos Evangélicos no significa vivir de renuncias, sino que significan una elección particular de valores para vivir. El motivo por el cual en los Institutos Religiosos se practican los Consejos Evangélicos depende del hecho que el Señor llama a servirlo y a vivir como Él. Cristo nos pide que lo sigamos, nos pide que le hagamos espacio en nuestra propia vida , de manera que pueda continuar en la persona que llama, su Encarnación.

Seguir a Cristo significa por lo tanto recorrer el camino que Él ha recorrido; no para poner orden en la propia vida, no solo para vivir de valores: el fin es de ser como Cristo y con Cristo, de identificarse con Él.

Los Consejos Evangélicos son un don que Dios hace y que consiste en la intervención del Espíritu, el cual toma a la persona, la hace suya, la transforma, la consagra, le hace participar de la vida de Cristo, casto, pobre, obediente.

Frente a este don la actitud del alma es aquél de la disponibilidad, es decir poner a disposición todo el propio ser, para que el Espíritu pueda realizar esta transformación. Este empeño, asumido solo en el amor, viene demostrado públicamente a través un empeño oficial  llamado "voto": en la Profesión se hace voto de los Consejos Evangélicos. Los Consejos Evangélicos son un don que el Señor hace a algunas personas y la profesión es la respuesta amorosa de la persona llamada por Dios.

                                                                                                                                                              

                                                      una Adoratriz mientras firma la fórmula de la Profesión Solemne 

 

Esta respuesta significa la donación de toda la persona. El Consejo de Castidad está dirigido de manera particular al amor del corazón humano. El pone en relieve el carácter esponsalicio entre Dios y el alma. El Consejo de Pobreza enviste al espíritu y lo lleva por el justo equilibrio entre lo temporal y lo eterno. Cuando un Religioso obedece pone su obediencia en continuidad con la obediencia de Cristo para salvar el mundo. La obediencia no disminuye la dignidad de la persona humana, sino que la hace llegar a su pleno desarrollo, favoreciendo su crecimiento en la libertad de los hijos de Dios. La persona llamada por Dios a profesar este estilo de vida se empeña a profundizar continuamente el don de los Consejos Evangélicos con un amor siempre más fuerte y sincero en "dimensión Trinitaria": amor a Cristo que llama a su intimidad, al Espíritu Santo que dispone el ánimo para acoger Sus inspiraciones, al Padre primer origen y fin supremo de la Vida Consagrada.

 

 

                                                 EL PRIMERO ENTRE LOS CONSEJOS EVANGÉLICOS:

                                                                          EL VOTO DE CASTIDAD

                                      

 La castidad es un insigne don de la gracia. Solo el amor de Dios llama en forma decisiva a la castidad religiosa. Él que difunde en los corazones de los hombres la caridad mediante el Espíritu Santo, concede a algunos en la Iglesia, como signo y a la vez estímulo de la caridad, el don de la castidad, para que se den más fácilmente con corazón indiviso a Él solo y al servicio de su Reino ( Const. Art.32 ).

El Consejo Evangélico de castidad comporta la obligación de la perfecta continencia en el celibato y la práctica consiste en poner al centro de la propia vida afectiva una relación más inmediata con Dios por medio de Cristo en el Espíritu Santo. La castidad es signo especial de los bienes celestes y sobretodo del "místico esponsalicio" de Cristo con su Iglesia, por eso la vocación divina a la castidad consagrada conlleva que la persona se forme una psicología de esposa, es decir que se sienta elegida por Cristo y no ceda a ninguno el propio amor. La castidad llama a revivir  en sí el misterio pascual de Cristo  y a responder al amor con el cual, Él escoge; sustancialmente significa aceptar de cumplir en la propia carne y en la propia vida lo que falta  a Su Pasión, por la Iglesia y por la humanidad entera ( Const. Art.34 ).

Quien profesa el voto de castidad es conciente que produce una cierta renuncia afectiva; pero, también es bien conciente que de manera especial hace libre el corazón para encenderle siempre más de caridad hacia Dios y lo dispone a una verdadera entrega y apertura hacia todos los hombres, sin actitudes de dominio, de posesión, de exclusividad.

 

 

                                                                 

                                            "Esposa del Eterno Rey, recibe el anillo nupcial y custodia íntegra la fidelidad a

                                                         tu Esposo, para que te acoja en el gozo de las nupcias eternas."

 

 

    

 

                                                A PROPÓSITO DE LA POBREZA EVANGÉLICA...

 

Acogiendo la invitación de Jesús: "Ve, vende todo lo que tienes...luego ven y sígueme", las Adoratrices profesan el Consejo Evangélico de Pobreza, empeñándose con el voto a practicar, por amor del Esposo, una pobreza interna y externa, en conformidad al género de vida pobre que Cristo nuestro Señor escogió para sí y que la Virgen Su Madre abrazó( Const. Art.38).  Con la pobreza evangélica en efecto la monja mantiene el corazón libre del deseo de los bienes terrenos y se sirve de ellos con moderación para poder dedicarse con más facilidad al servicio de Dios y del prójimo.

La Orden de las Adoratrices sigue la espiritualidad de San Agustín y él, ha querido renovar el ideal de la comunión de los bienes practicado por los primeros cristianos, plenamente convencido de que ello nos ayuda eficazmente en la adquisición de la caridad perfecta por la cual tenemos todos "un solo corazón y una sola alma dirigidos hacia Dios". La monja para vivir en profundidad el voto de pobreza tiende a un total desprendimiento de toda cosa terrena y pone todo bien en común, sin poseer nada en propiedad; La pobreza de Cristo no fue solamente expresada por su condición económica, sino por el misterio de su anonadamiento. Igualmente la pobreza religiosa no consiste solo en la renuncia a los bienes temporales, sino incluso a toda forma de soberbia, de vanagloria y de presunción. La pobreza en efecto vale bien poco si no está unida a la humildad y simplicidad del corazón.

 

                                           un momento del Rito de la Profesión Solemne donde la Adoratriz en un acto de humildad y pobreza

                                                                                        se postra en tierra, para pedir la intercesión de todos los santos.

 

Pobreza evangélica quiere decir: compartir, es más participación que privación. En realidad no puede ser solo compartir los bienes materiales, sino que implica la coparticipación de aquellos espirituales; o sea, lo que es importante en la vida del creyente, los bienes del Espíritu.

El voto de pobreza empeña incluso en el trabajo. La monja se siente sujeta a la ley del trabajo, cumple con diligencia y responsabilidad los propios deberes, no por motivos de ganancia, sino que, mientras procura los medios necesarios al sostenimiento de la comunidad, imita a Cristo, cuyas manos se ejercitaron en el trabajo.

 

 

                                        EL ÚLTIMO DE LOS CONSEJOS, PERO NO POR ESO EL MENOS IMPORTANTE:

                                                                                  EL VOTO DE OBEDIENCIA

 

"No es verdadero discípulo aquél que no sigue al maestro. Jesús se hizo obediente hasta la muerte" (Const.1818-VII) y la monja con el voto de obediencia, practicado a imitación de Cristo "cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre", manifiesta la belleza liberadora de una dependencia filial y no servil, rica de sentido de responsabilidad y animada de la recíproca confianza, que es un reflejo en la historia de la amorosa correspondencia de las tres Personas Divinas (V.C.21). Por lo tanto, si para la monja la obediencia es imitación de Cristo y participación en su misión, ella se preocupa de hacer lo que Cristo ha hecho y lo que Cristo haría en la situación en la cual se encuentra hoy. Fundada en la fe, consolidada por la humildad y por el ofrecimiento de sí misma, la monja, con la obediencia, vive en Cristo el gran misterio de la Redención.

¿En qué consiste vivir el misterio de la Redención?

"De un estado de desobediencia la Redención ha puesto al hombre en un estado de obediencia, haciéndolo participar de la obediencia de Cristo. Fruto de la Redención es la gracia, la vida nueva divina, pero se puede idénticamente decir que fruto de la Redención es la obediencia. Jesús el obediente nos insiere en Él, nos hace participar de Su obediencia a Dios, en fuerza de la cual el hombre reentra en el proyecto de salvación del Padre".

La obediencia es un don que se transforma en principio de comportamiento, exigencia de la inteligencia y de la libertad del hombre, no simplemente  instinto, por lo tanto requiere que el hombre conciente, la acepte y la realice con una responsabilidad personal: " la obediencia es un don, que se hace exigencia, que se hace deber"; para la monja, obedecer en este contexto no significa no hacer la propia voluntad, obedecer no es renuncia a la propia voluntad, sino actuación de la voluntad de Dios que es infinitamente libre. La obediencia no es pues una mortificación, una limitación, una clausura, sino más bien una apertura al infinito; no la renuncia a la propia voluntad, sino la capacidad de cumplir-con la propia voluntad- la voluntad de Dios, que es infinitamente más, que es una ampliación, un  enriquecimiento, una elevación de la voluntad del hombre.

 

                                                                            

                                                                 " Cristo se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz"